Orientaciones
«Poder escribir la Historia, la narración abreviada y
encomiástica de los hechos del ayer reciente e inmediato, acaecidos antes
de cualquier armisticio o capitulación es un botín que se reserva, en
exclusiva y sin concesiones, siempre al vencedor, aquel quien sube al
podio del triunfo en la emplazada final, el que ciñe sus sienes con la
láurea, quien pasa revista, con gesto sonriente no disimulado, para ver
desfilar y marcar el paso, uniforme y marcial de la parada procesional,
que corona su marcha triunfal por el itinerario de la principal avenida,
engalanada para el evento y que suele ser el ritual que sella y lacra la
contienda, pone silencio en las bocas de fuego de la fusilería y concluye
con el desarme abatido del contrario que traspasa el foso hacia la más
sonora opacidad.
Cualquier acontecimiento, por insignificante que sea, llevado a cabo por
las armas invictas o sus hombres, el relator triunfante y victorioso lo
elevará a la categoría de gesta o de epopeya, si así conviene a su
propaganda o a su estima. Por el contrario las hazañas del enemigo,
vencido y derrotado, por altruistas y heroicas que pudieran haber sido,
siempre el vencedor las reducirá a meras escaramuzas denigratorias para
quien las llevó a efecto.
La mentira, el desprestigio, la invención de sucesos inverosímiles o
calumniosos que repugnen a cualquier conciencia, el descrédito más
ominoso, todo será poco para embadurnar la imagen o el prestigio, el
valor o la razón del árbol caído, aunque sea de manera noble, hay que
convertirlo en esquirlas y astillas del vituperio.
La Historia es maniquea. El dios de la verdad, en la rueda de la Historia
sagrada, sucede siempre al falso ídolo. El ángel más bello queda
convertido en el arquetipo del diablo demonizado tras las batallas
siderales ante las que sucumbe su espada flamígera. El buen rey que
claudica ante la nueva dinastía se metamorfosea en el implacable tirano
inmisericorde. El caudillo heroico y popular, si no alcanza la victoria
del músculo y de la fibra, quedará, aunque le asista la razón, reducido
tanto él como sus seguidores, en el peligro más abyecto e inminente para
quienes sólo quedará reservado el cadalso y la mazmorra, la tiniebla y
el estigma denigratorio a perpetuidad.
La Historia se convierte por mor del vencedor en mercancía deteriorada,
en fábula, bulo, leyenda o en mito dependiendo de sus intereses por muy
mezquinos que sean. Se escenifica a veces la parodia mezclando y
conjugando las sombras cavernarias con las luces de la realidad. El
lenguaje es dicotómico, la palabra y la acepción sonora y musical para
los unos, el término estridente y el significado sordo y peyorativo para
los otros.
En la historia contaminada y asfixiante de la segunda mitad del siglo XX
es difícil encontrar textos veraces que hayan pasado
la censura implacable de las ideologías dominantes y domadoras
—capitalismo y comunismo—. A partir de 1945 se eclipsó el sol
naciente, se cegó la luz ancestral emergente, se taponó el manantial de
aguas limpias y cristalinas, se enquistó la veleta que empezaba a ser
impulsada y orientada por la brisa de aire puro e incontaminado, se extirpó
la buena simiente, se apagó el fuego interior que abrasa el espíritu y
que es capaz de llevar a cabo la revolución de las almas.
Pero sépase bien: vencer no es convencer. El convencimiento de la
victoria no es de quien ha golpeado más y más fuerte, sino de quien ha
aguantado con paciente estoicismo los martillazos frenéticos, quien saber
ser yunque cuando yunque y martillo cuando martillo. La victoria de las
armas es efímera, la del espíritu y el ideal, eterna.
Léon Degrelle con este libro desafía y pone en entredicho la mentira
oficializada. Escribe sin complejos la única verdad posible cuando se
tiene la fuerza de la razón aunque se extenuaran las razones de la fuerza
del combate. Es la crónica de un heraldo que se limita a constatar los
acontecimientos vividos y sentidos. Es el canto del cisne que sabe morir
con melodía. Es el ocaso de los dioses que terminan con redoble triunfal
y partitura sinfónica. Es la espada blandiendo al dragón verde y espurio
que se ha erigido en el guardián actual de la humanidad. Es la versión
pura y desnuda de lo que sucedió tal cual, sin ambages.
Degrelle no es negacionista, es afirmativo. No es pesimista, es positivo.
No es claudicante, es fidedigno. No es simpatizante, es militante. No es
equívoco, es diáfano. No transige con la verdad, la exige. Es
consecuente con su lema: “quien no se expone, no se impone”».
[del prólogo
de José Luis Jerez Riesco, presidente
de la Asociación Cultural de Amigos de Léon
Degrelle]

Índice
Parte
I: Los años de la
insurgencia
I. Adolf Hitler
II. El soldado desconocido
III.
Las lecciones del frente
IV. El desastre
V. Un tratado de usureros
VI. Las tres oportunidades de Hitler
VII. Siete marcos cincuenta
VIII. Ein Führer
IX. La autoridad y la fuerza
X. Conquista por la seducción
XI. El año 1922
XII. Los postes telegráficos del Ruhr
XIII. El nombre de Hitler
XIV. Miseria de Alemania
XV.
La hora de los comunistas
XVI. El golpe
XVII. El tiroteo histórico
Parte
II: La construcción del Partido Nacionalsocialista
XVIII.
El proceso
XIX.
Mein Kampf
XX. Más allá del antisemitismo
XXI. El año 1925
XXII. El unificador de las convicciones
XXIII. Goebbels y Hitler
XXIV. Organización y propaganda
XXV. El letargo de los alemanes
XXVI. La hora de Berlín
XXVII. Miles de millones durante cincuenta y nueve años
XXVIII. Hugenberg y Stresemann
XXIX. Los ciento siete diputados de Hitler
Parte
III: La conquista del poder
XXX.
Las jaquecas de Brüning
XXXI. Repescar a Hindenburg
XXXII. El duelo Hindenburg-Hitler
XXXIII. La despedida de Brüning
XXXIV. La liquidación de von Papen
XXXV. Los millones de marcos
XXXVI. La marea baja
XXXVII. Moscú o Hitler
XXXVIII. La Blitzkrieg
XXXIX. Scleicher fuera de combate
XL. Hitler Canciller
XLI. El incendio del Reichstag
XLII. La liquidación del comunismo
XLIII. Los
plenos poderes
