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«Patria-Justicia-Revolución.
La historia del Frente de la Juventud» |
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Orientaciones «Cuando el 29 de agosto de 1982 se hizo pública la disolución del Frente de la Juventud concluía, para buena parte de sus militantes, su vida política; vidas políticas a las que se entregaron con convencimiento, no poca ilusión y bajo un lema hermoso: “Patria, Justicia, Revolución”. Los principios enarbolados por el Frente condujeron a un combate que no tenía encaje, como ahora se dice, con los enjuagues de la llamada “transición democrática”, precisamente en unos momentos en los que la burguesía se sucedía a sí misma. No andaron muy desencaminados aquellos jóvenes refractarios al contestar de forma airada un cambio que conducía —se nos decía— a una Arcadia preñada de melosos anhelos. Los hechos son tozudos y el tiempo, de una u otra manera, ha dado la razón a las razones del Frente: hoy no existe en España una democracia —el gobierno del pueblo— digna de tal nombre, sino una partitocracia oligárquica vendida al capitalismo y al criminal-imperialismo; España no es hoy un Estado social —como reza la ya frustrada Constitución de 1978— sino un banco de pruebas del más siniestro neoliberalismo, y —lo que es aun más grave— la misma vertebración nacional está a punto saltar hecha añicos ante el insaciable apetito de los secesionismos de todo pelaje y la impericia de políticos necios. Fueron tiempos difíciles, marcados no sólo por las ideas y la acción directa contra los partidos del Sistema, sino porque los militantes del Frente, además, encarnaban aquello que más odiaban —y odian, y odiarán...— los mercaderes de las ideas: la presencia del soldado-político; esto es, hombres y mujeres que no piensan ni con el estómago ni con el bolsillo, hombres y mujeres dispuestos a jugárselo todo por un ideal. Pasado el tiempo, algunos recuerdan todo aquello como una auténtica escuela de vida; otros, como una apasionante aventura juvenil. En cualquiera de los casos, el Frente marcó de manera indeleble la vida de todos —a pesar de las amnesias, que también las hay— y aportó una forma novedosa de decir y actuar, una ética y una estética que a mí se me antojan singulares. Hoy somos pocos, muy pocos, los que continuamos en activo en la vida política. Los suficientes, empero, para no resignarnos a olvidar y dejar de dar testimonio —aunque sea de manera apenas perceptible— de que el atrevimiento, a pesar de haber varado, no fue un viaje hacia ninguna parte ni estaba desprovisto de cimientos ideológicos firmes...» [del prólogo de Juan A. Llopart] |
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